Un nuevo
encuentro en el cielo
Por
Juan Carlos Herrera
En un lugar de La Guajira, hubo un muchacho
llamado Héctor Zuleta. Desde joven era tan bueno como persona, que nadie en su
natal Villanueva dudó entonces de que algún día tuviera mucha facilidad para la
música. Al igual que sus hermanos Poncho y Emiliano Zuleta, tenía un futuro espléndido
en el vallenato, destinado a ser el artista más importante del folclor, como si
la historia fuera a escribirse distinta por el sólo hecho de él estar vivo. Era
práctico y rápido con el acordeón, como un genio que conoce toda el alma del
instrumento. Al lado de Adaníes Díaz dejó unos trabajos discográficos tan grandes,
que todavía hoy la gente se pregunta cómo es que la muerte se lleva rápido los músicos
que tocan tan bien, que parece que fueran hechos con el talento.
Su único compañero fue un hombre que había
nacido en Lagunita. Desde muy temprano a Adaníes Díaz le gustó cantar, subir tremendamente
la voz, y lo hacía tan bien que las personas de su pueblo tenían la impresión
de que ése era su recursivo estilo de hacerse sentir en el mundo. Era un hombre
bueno, tranquilo, querido con sus amigos, y desde temprana edad se fue a vivir
a Riohacha. En estas calles de sol y arena se relacionó con muchos habitantes, dio
a conocer dos sencillos con Darío Díaz, pero sería con alguien de Santa Marta
que llevaría al estudio de grabación sus primeros tres LP’s. Era Ismael Rudas, un
reconocido acordeonero de la región y alguien con quien aprendería muchas cosas
del mundo vallenato.
Después se unió a Héctor Zuleta, y con él se
sumergió en las corrientes melodiosas que se oían en la Provincia, teniendo
noticia de los nuevos compositores que se estaban inspirando mejor. De esa
manera escogieron buenas canciones, las cuales gustaron desde las primeras
parrandas como si ya estuvieran consolidadas en la radio, asegurando un buen
porvenir para esta pareja que se abrió paso con unas ganas primitivas no sólo
de hacerse visibles en el sur de la Guajira y Valledupar sino de darse a
conocer en el mundo entero. Sensacionales
fue el primer álbum que sacaron al mercado, con un lanzamiento humilde por
parte de la disquera Philips, pero tuvo mucha aceptación en los pueblos a pesar
de ser unos muchachos que parecían más contentos con sonar en la emisora que tocando
en la vida real. La canción Estrella fugaz
se apoderó del gusto de los oyentes, de los buenos amantes de la música
vallenata, poniendo la voz de Adaníes Díaz a la altura de la de Poncho Zuleta y
la del número uno Diomedes Díaz. Fue un larga duración muy sonado en el año de
1980, que traería buenaventura para los dos. El cobarde del pueblo se convirtió casi que en el más pedido de
todos los temas, metiéndolos en seguida en la leyenda. El acordeón de Héctor
Zuleta comenzaba a gustar, pero nadie se atrevía a decir en voz alta lo que ya
estaban pensando. Fue como si su irrupción en el panorama de la música, despertara
la murmuración de que había aparecido el único juglar que podía ser considerado
unánimemente como el mejor.
Al año siguiente sacaron un segundo LP que dejaría
en claro por qué eran tan buenos amigos. Se trataba de Pico y espuela, un disco
donde no sólo aclaraban que estaban madurando sino que la verdadera amistad es
la que a veces crea esos encantados arreglos que un solo músico dotado puede dejar
pasar por alto. La canción Problema es
tuyo demostraba una vez más que la voz de Adaníes Díaz era la más increíble
del vallenato, con una garganta superior que parecía más fabricada para el
enfrentamiento con un adversario que para el amor. Se estaban metiendo poco a
poco en la pelea, tocando con gusto temas como El aviso, mientras los
demás conjuntos tenían que aceptar para siempre que había aparecido un cantante
con perrenque y un moderno acordeonero con aire innovador, que tenían más ganas
de tocar mejor que los costumbristas de ayer.
Pero fue con Nuevamente sensacionales que entrarían fácil en la historia, porque
parecían proyectarse como los mejores. Hasta los que alguna vez duraron de
aquella realidad que era un fenómeno incandescente, tuvieron que escuchar por
todas partes esas nuevas melodías que andaban más en el aire que las ideas de
la gente. La canción Marianita fue indiscutiblemente
la más sonada, la más repetida en las emisoras y colocada en los equipos de los
marimberos, convirtiéndose en un boom.
Fue un éxito espléndido, de la autoría de Juan Segundo Lagos, que todavía perdura
hasta el día de hoy. Además de la manera magistral como la ejecutaron y el
timbre poderoso que impuso Adaníes Díaz, la historia que encierra la letra de la
novia del parquecito parece ya hacer parte de la narrativa oral. Fue un golpe contundente,
una asestada en el blanco que los haría llegar muy lejos.
La fama de Héctor Zuleta iba creciendo de
tal manera, que incluso llamaba la atención como una estrella sin necesidad de
tocar el acordeón. Era un muchacho buena gente, carismático, cuyo amor por las
mujeres inspiró muchas de sus clásicas canciones. Además era un buen verseador,
temido en la piqueria, como buen representante de los Zuleta. Pero sobre todo, tenía
las mejores manos para el acordeón. Eso era motivo para que algunas personas de
su confianza comenzaran a decirle palabras al oído con mala intención, dándole a
entender que era él, por ser un gran dotado, el único responsable del gran
momento que vivía Adaníes Díaz, porque según creían éste no tenía la voz característica
que se requería para triunfar. En ningún momento hizo caso de esas tentativas por
separarlos, porque para él lo más importante no eran las canciones que pegaban sino
el buen amigo y compañero que las cantaba.
Por otra parte, era consciente de que
Adaníes Díaz había tenido un pasado muy duro para estar donde estaba. Desde adolescente
tuvo menos respaldo familiar, pasó más trabajo para salir adelante y tuvo
que sacar varios discos con Ismael Rudas
para lograr la madurez y potente afinación, por lo que era respetado en el folclor.
Al llegar a su lado, traía la madurez y la experiencia de haber grabado en
disco. Era su gran amigo al que nunca iba a dejar por un cantante de más reconocimiento,
como le recomendaron, y aunque sí era cierto que por ser él de la dinastía
Zuleta le había presentado las verdaderas amistades influyentes del vallenato,
las personas del sur de La Guajira cuyas auras de buena energía ayudan a
progresar con la intervención de la Divina Providencia, reconocía que había
aprendido algunas cosas significantes de su compañero cantante sin tener que
vivirlas.
Además de buen acordeonero, Héctor Zuleta no
era ignorante en el aspecto musical. Al lado de Adaníes Díaz, veía con
sabiduría a un cantante que interpretaba como nadie, que explotaba con una
furia artesanal, y eso lo impresionaba como a cualquier admirador. Era extraordinario
para cantar temas de amor, ritmos como el merengue y el mismo son, y había
escuchado en soledad varias veces las canciones que habían grabado para entender
que la voz con temple y carácter de Adaníes Díaz también le había dado soltura
a su acordeón. Es como si supiera que él también estaba en deuda con aquél, al
haber aparecido a buena hora en su vida, por lo que tenía claro que nada
lograría distanciarlos de una época dorada donde todo les estaba saliendo tan bien.
La vida les tenía una mala jugada, pero ni
siquiera los mismos críticos que no admitían su fidelidad de ser la compañía de
Adaníes Díaz pudieron imaginar que la única manera de separarlos fue la misma
que tarde o temprano acaba el amor. Cuando en mejor forma estaba, cuando más
estaba siendo considerado públicamente en la región el mejor de los hermanos Zuleta,
Héctor Zuleta se fue de este mundo. Fue asesinado en Valledupar un 8 de agosto
de 1982, por unos tiros de escopeta que aún retumba en el ámbito de quienes más
lo recuerdan. Era imposible de creer, de que le hubiera sucedido eso tan joven,
por lo que enseguida ascendió a la categoría de dios. Fue como si la buena
fortuna que estaba teniendo, la buena suerte, hubiera despertado tal envidia
que el mismo diablo apareció en la música vallenata para llevárselo.
Si alguien quedó con un profundo dolor
aparte de la familia Zuleta Díaz, fue el solitario Adaníes, que a pesar de ser
dueño de la voz más sonante la tenía para todo menos para cantar. Era como un
niño perdido en un laberinto, recordando y hablando a cada momento de su joven compañero
como al hermano que más quiso, el único que más que saber tocar las buenas
notas del acordeón lo conoció bien por dentro. Las personas más cercanas recuerdan
que siempre que Adaníes Díaz oía una canción donde ambos estaban, eran sólo los
pases del acordeón lo que él escuchaba con nostalgia y se colocaba a llorar sin
encontrar consuelo de nadie. Su personalidad daba lástima, parecía en verdad
acabado, y estaba seguro de que la música vallenata sin Héctor no sería igual.
Su espíritu parecía apagarse, y por un momento no quería saber de otro
acordeonero que lo acompañara, no tanto porque no supiera ejecutar bien sino
porque sencillamente no era Héctor Zuleta.
Nadie se imaginó que el destino suyo sería
igual al de aquél, coincidencialmente seis meses después. Cuando creía que su
vida podía seguir adelante, con sus amigos de siempre y en su carrera
profesional, algo inesperado le ocurrió. Un 9 de febrero de 1983 por la tarde, mientras
venía manejando una camioneta Ranger azul por la carretera que de Barrancas lleva
a Riohacha, un accidente de tránsito ocasionaría otra pérdida irreparable para la
historia. En su interior Adaníes Díaz estaba superando un poco el dolor
reciente, se veía entusiasmado y hasta estaba pensando en grabar algo nuevo
cono Bolañito. Al lado suyo venía su mujer Claribel e hijos, lo mismo que su madre. Su muerte
fue rápida, igual que la de su querida madre y una de sus pequeñas hijas, cuando
el carro evitando una pila de asfalto dio varios votes a un lado de la
carretera, en unas circunstancias que ponen a pensar a los más místicos sobre
la posibilidad de que haya acontecido algo inexplicable que lo hizo desaparecer
de la faz de la tierra.
En verdad, la
creencia de que el difunto Héctor Zuleta extrañó más a Adaníes Díaz que éste a
su acordeonero, sigue siendo un mito. Es como si los dos desde siempre hubieran
estado unidos, y se conocieron un rato en la tierra sólo para ser amigos
eternos en el cielo. Al contemplar una de las tantas carátulas que dejaron, donde
están vestidos de blanco en cuerpo entero con un fondo celeste como homenaje
póstumo, no se ve tanto sus sonrisas por la salida de un LP sino la pose
perfecta que parece asegurar que son inseparables compañeros. La historia de la
muerte repentina de la pareja sigue teniendo más trascendencia que sus mejores
canciones, siendo causa de que la gente se atreva a decir que los muertos
tienen influencia en la duración de vida de uno. Si alguien mira a las nubes,
se imaginará que allá están de nuevo, carismáticos y sonrientes, más juntos que
siempre, porque la marca de esa gran amistad fue más fuerte que el amor por la
música vallenata.
